Involution Day
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12 diciembre 2009
Posted by ctxarly in ctxarly, Pensamiento crítico, Relatos
Versión libre del cuento de hadas danés "El traje nuevo del emperador" escrito por Hans Christian Andersen y publicado en 1837 como parte de Eventyr, Fortalte for Børn (Cuentos de hadas contados para niños).
Se ha propuesto que la fuente original de Andersen para este cuento pudo ser una historia española recopilada por Don Juan Manuel en el El conde Lucanor (historia o exemplo XXXII). El origen del cuento parecer ser anterior al Conde Lucanor y podría ser de raíz oriental. La misma historia, aunque centrándose en la limpieza de sangre y en la obsesión por ser cristiano viejo, aparece en un entremés de Cervantes llamado el retablo de las maravillas.
Hasta la misma persona de un rey, llegaron dos charlatanes que se decían así mismos sastres o tejedores. Afirmaban que eran capaces de elaborar las mejores telas, los mejores vestidos y las mejores capas que ojos humanos pudieran haber visto, sólo exigían que se les entregase el dinero necesario para comprar las telas, los bordados, los hilos de oro y todo lo necesario para su confección.
Ahora bien dejaban bien entendido que tales obras sólo era posible verlo por aquellas personas que realmente fueran hijos de quienes todos creían que era su padre, y solamente aquellas personas cuyos padres no eran tales no serían capaces de ver la prenda.
Admirose el rey de tan maravillosa cualidad y otorgó a los charlatanes todo aquello que estos solicitaban y encerrados en una habitación bajo llave, simulaban trabajar en confeccionar ricas telas con las que hacer un traje para el rey, y que este pudiera lucirlo en las fiestas que se acercaban.
Curioso el rey de saber como iba su vestimenta, envió a dos de sus criados a comprobar como iban los trabajos; pero cual fue la sorpresa de estos cuando a pesar de ver como los pícaros hacían como que trabajaban y se afanaban en su quehacer, estos no podían ver el traje ni las telas. Obviamente supusieron ambos que no lo podían ver porque realmente aquellas personas que ellos creían sus padres no lo eran y avergonzados de ello, ni el uno ni el otro comentaron nada al respecto y cuando fueron a dar explicaciones al rey se deshicieron en parabienes para con el trabajo de los pícaros.
Llegado el momento en que el vestido estuvo terminado, el rey fue a probárselo pero al igual que sus criados no conseguía ver el traje, por lo que obviamente cayó en el mismo error en que ya habían caído sus criados y a pesar de no ver vestido alguno, hizo como si se probase el vestido alabando la delicadeza y belleza del vestido. Los cortesanos que acompañaban al rey presa de la misma alucinación también se deshicieron en alabanzas con el vestido a pesar de que ninguno de ellos era capaz de ver el vestido. Y es que conocedores todos de la cualidad del mismo, de que sólo aquellos que fueran hijos verdaderos de los que creían sus padres, solamente ellos serían capaces de contemplar el vestido, y no queriendo nadie reconocer tal afrenta todos callaron y todos afirmaron, desde el rey hasta el último de los criados.
Llegado el día de la fiesta, el rey se vistió con el supuesto vestido y montado en su caballo salió en procesión por las calles de la villa, la gente también conocedora de la rara cualidad que tenía el vestido callaba y veía pasar a su rey, hasta que un pobre niño de corta edad, inocente donde los haya, dijo en voz alta y clara "el rey va desnudo".
Tal grito pareció remover las conciencias de todos aquellos que presenciaban el desfile, primero con murmullos y luego a voz en grito todos empezaron a chismorrear "el rey va desnudo", ... "el rey va desnudo"; los cortesanos del rey y el mismo rey se dieron pronto cuenta del engaño y es que realmente el rey iba desnudo.
Cuando fueron a buscar a los picaros al castillo, estos habían desaparecido con todo el dinero, joyas, oro, plata y sedas que les había sido entregado para confeccionar el vestido del rey. El engaño había surtido efecto y el rey iba desnudo.
De este cuento podemos deducir varias moralejas: una de ellas la inocencia de los niños que como se suele decir siempre dicen la verdad, y otra, que no por el hecho de que una mentira sea aceptada por muchos; tenga que ser cierta.
Todo esto me viene a la mente porque estaba visionando los vídeos que M-J Schwarz está realizando dentro de una serie llamada "El Rey va Desnudo" en la que presenta argumentos sobre religión, racionalismo, ateísmo, creencias, paranormalides y misterios varios.
Imagen de Vilhelm Pedersen en Wikipedia.
20 septiembre 2009
Resulta que un amigo mío insinúa que, a veces, puede invocar espíritus del profundo abismo. O, por lo menos, un espíritu..., uno pequeño y de poderes estrictamente limitados. En ciertas ocasiones habla de él, pero sólo después de haber llegado a su cuarto whisky con soda. Se trataba de un delicado punto de equilibrio: tres, y no sabe nada de espíritus (de los sobrenaturales); cinco y se queda dormido.
Aquella noche, pensé que había alcanzado el nivel adecuado, así que le dije:
- ¿Te acuerdas de ese espíritu tuyo, George?
- ¿Eh? -exclamo él, mirando su bebida, como si se preguntara por qué tenía que recordarla.
- Tu bebida, no -dije-. Me refiero a ese espíritu de unos dos centímetros de estatura que una vez me dijiste que habías logrado hacer venir desde algún otro lugar de existencia. El que está dotado de poderes paranaturales.
-Ah -dijo George-, Azazel. No se llama así, naturalmente. Supongo que no podría pronunciar su verdadero nombre, pero así es como yo le llamo. Si me acuerdo.
- ¿Lo utilizas mucho?
- No. Es peligroso. Demasiado peligroso. Siempre existe la tentación de jugar con el poder. Yo soy muy cuidadoso en ese aspecto, endiabladamente cuidadoso. Como sabes, tengo un nivel ético muy elevado. Por eso es por lo que en una ocasión me sentí movido a ayudar a un amigo. !El mal que eso causo! !Horrible! No soporto pensar en ello.
- ¿Qué ocurrió?
- Supongo que es mejor que lo cuente, para vaciar mi pecho -dijo pensativamente George-. Es algo que te consume...
Entonces yo era mucho más joven (dijo George), y en aquellos tiempos las mujeres formaban una parte importante de la propia vida. Ahora, al rememorarlo, parece una estupidez, pero recuerdo perfectamente haber pensado en aquellos tiempos que había mucha diferencia dependiendo de la mujer de que se tratase.
En realidad, la verdad es que da lo mismo cerrar los ojos y coger al azar la que caiga, pero en aquellos tiempos...
Yo tenia un amigo, Mortenson..., Andrew Mortenson. No creo que lo conozcas. Yo mismo apenas si le he visto en los últimos años.
La cuestión es que estaba perdidamente enamorado de una mujer, una mujer determinada. Era un ángel, decía. No podía vivir sin ella. Era la única en todo el universo, y sin ella el mundo era una loncha de jamón empapada de grasa para lubricar motores. Ya sabes como hablan los enamorados.
Lo malo es que ella, finalmente, le abandono, y, al parecer, lo hizo de una manera especialmente cruel y sin la menor consideración a su amor propio. Le había humillado por completo, yéndose con otro delante de él, chasqueándole los dedos en las narices y riéndose despiadadamente de sus lágrimas.
Lo digo en sentido figurado, por supuesto. Solo trato de dar la impresión que él me causo a mí. Se hallaba aquí sentado, en esta misma habitación, bebiendo conmigo. Yo sentía como se me destrozaba el corazón ante su congoja.
- Lo siento, Mortenson -le dije-, pero no debes tomártelo así. Si te paras a pensarlo, no es mas que una mujer. Mira a la calle y veras pasar montones.
- A partir de ahora -dijo amargamente-, no habrá ninguna mujer en mi vida..., excepto mi esposa, claro, a la que de vez en cuando no puedo evitar. Es sólo que, por mi parte, me gustaría hacer algo por ella.
- ¿Por tu mujer? -pregunté.
- No, no, ¿por qué iba a querer hacer algo por mi mujer? Estoy hablando de hacer algo por esa mujer que me ha abandonado tan cruelmente.
- ¿Por ejemplo?
- No tengo ni idea -respondió.
- Quizá yo pueda ayudarte -dije, pues continuaba sintiéndome lleno de compasión hacia él-. Puedo hacer uso de un espíritu provisto de poderes extraordinarios. Un espíritu pequeño, desde luego -separé los dedos pulgar e indice menos de una pulgada para que se hiciera idea-, que solo puede hacer pequeñas cosas.
Le hablé a Azazel, y, como es natural, me creyó. He observado con frecuencia que yo transmito convicción cuando cuento algo. Sin embargo, cuando lo haces tú, amigo mío, el ambiente de incredulidad que se forma en la estancia es tan espeso que se podría cortar con una sierra para metales. Conmigo, en cambio, es distinto. No hay nada como una reputación de probidad y un aire de honrada rectitud.
Le brillaban los ojos mientras se lo contaba. Preguntó si podría darle a la mujer algo que yo le pidiera.
- Si es presentable, amigo mío. Espero que no estés pensando en algo así como hacerla oler mal o que le salga un sapo por la boca cada vez que hable.
- Claro que no -replico, indignado-, ¿Por quién me tomas? Ella me ha dado dos años de felicidad, a intervalos, y quiero corresponderle adecuadamente. ¿Dices que tu espíritu tiene solo poderes limitados?
- Es muy pequeño -respondí, volviendo a señalar el tamaño con el indice y el pulgar.
- ¿Podría darle una voz perfecta? Al menos, por algún tiempo. Aunque sólo sea durante una única representación.
- Se lo preguntare. La sugerencia de Mortenson parecía perfectamente caballerosa. Su ex amante cantaba cantatas en la iglesia local, si es que esa era la denominación adecuada. En aquellos tiempos yo tenía muy buen oído para la música y a menudo asistía a estas cosas (teniendo buen cuidado de esquivar la bandeja de la colecta, claro). A mí me gustaba oírla cantar, y el auditorio parecía escucharla con bastante cortesía. Por aquel entonces yo pensaba que sus costumbres no armonizaban muy bien con el entorno, pero Mortenson decía que con las sopranos se hacían excepciones.
Así, pues, consulté con Azazel. Se mostró completamente dispuesto a ayudar; nada de esas tonterías de pedir mi alma a cambio, ya sabes. Recuerdo que una vez le pregunté a Azazel si quería mi alma, y el ni siquiera sabía lo que era. Me preguntó a que me refería, y resultó que yo tampoco sabía lo que era. Lo que ocurre es que es un tipo tan insignificante en su propio universo, que le proporciona una enorme sensación de éxito poder ejecutar su influencia en el nuestro. Le gusta ayudar.
Dijo que podría conseguir tres horas, y cuando se lo comunique, a Mortenson le parecío perfecto. Elegimos una noche en ella iba a cantar a Bach, Haendel o a uno de esos antiguos aporreadores de piano, e iba a interpretar un largo e impresionante sólo.
Mortenson fue a la iglesia esa noche, y, naturalmente, yo también fui. Me sentía responsable de lo que iba a suceder, y pensaba que era mejor que supervisase la situación.
Mortenson dijo sombríamente:
-He asistido a los ensayos. Cantaba como siempre, ya sabes: como si tuviera rabo y alguien se lo estuviera pisando.
No era esa la forma que el solía usar para describir su voz. La música de las esferas, decía muchas veces, de ahí para arriba. Sin embargo, había sido abandonado, y éso, claro, modifica el sentido crítico de un hombre.
Le miré con severidad.
- Esa no es la forma de hablar de una mujer a la que estás intentando conceder un gran don.
- Por éso precisamente. Quiero que su voz sea perfecta. Realmente perfecta. Y ahora veo, ahora que las nieblas del amor se han disipado de mis ojos, que tiene un largo camino que recorrer. ¿Tú crees que tu espíritu podrá arreglarlo?
- El cambio no está previsto que empiece hasta las ocho y cuarto.
-Me asaltó una punzante sospecha- ¿No habrás estado esperando que se agote la perfección en el ensayo y luego decepcione al público?
- Te equivocas por completo -respondió.
La función comenzó con un ligero retraso, y cuando ella se levanto para cantar, ataviada con su vestido blanco, eran las ocho y catorce por mi viejo reloj de bolsillo, que nunca se desvía de la hora exacta en más de dos segundos. No era una soprano insignificante; estaba construida a generosa escala, dejando abundante espacio para la clase de resonancia que se necesita cuando se intenta llegar a las notas altas y sobreponerse a la orquesta. Siempre que inhalaba unos cuantos litros de aire con los que manejarlo todo, yo me daba cuenta de que era lo que Mortenson veía en ella, a pesar de las varias capas de materia textil.
Ella comenzó a su nivel habitual, y luego, exactamente a las ocho y cuarto, fue como si se le hubiera añadido otra voz. Vi como daba un ligero respingo, como si no creyera lo que oía, y una de sus manos, que tenia apoyada en el diafragma, pareció vibrar.
Su voz se elevo.Era como si se hubiera convertido en un órgano de tono perfecto. Cada nota sonaba perfecta, una nota recién inventada en aquel mismo momento, al lado de la cual todas las demás notas del mismo tono y calidad no eran sino copias imperfectas.
Cada nota sonaba limpiamente con el tremolo preciso, si es que esa es la palabra adecuada, dilatándose o contrayéndose con enorme poder y control.
Y con cada nota, iba mejorando. El organista no miraba la partitura, la miraba a ella y, no puedo jurarlo, pero creo que dejo de tocar. De todos modos, en caso de que tocara, yo no le habría oído. Mientras ella cantaba, era imposible oír nada. Tan sólo a ella.
La expresión de sorpresa se había desvanecido de su cara, y en su lugar se dibujaba una expresión de exaltación. Había dejado a un lado la partitura; no la necesitaba. Su voz cantaba por si sóla, y ella no necesitaba controlarla ni dirigirla. El director se hallaba rígido, y todos los demás miembros del coro parecían desconcertados.
Por fin terminó su sólo y el coro sonó como una especie de susurro, como si todos se avergonzaran de sus voces y se sintieran turbados por hacerlas sonar en la misma iglesia y en la misma noche.
El resto del programa se redujo por entero a ella. Cuando cantaba, eso era lo único que se oía, aunque estuvieran sonando todas las demás voces. Cuando callaba, era como si estuviéramos sentados en la oscuridad y no pudiéramos soportar la ausencia de luz.
Y cuando terminó..., bueno, en la iglesia no se aplaude, pero en aquella ocasión lo hicieron. Todos los asistentes se pusieron en pie, como accionados por un mismo resorte, y aplaudieron y aplaudieron, y estaba claro que continuarían aplaudiendo toda la noche a menos que ella cantara de nuevo.
Volvió a cantar; únicamente su voz, con el órgano susurrando vacilante en segundo termino; iluminada por el foco; sin nadie más visible en el coro.
Sin el menor esfuerzo. No puedes imaginar la naturalidad y la facilidad con que lo hacía. Yo traté de sustraer mis oídos al sonido para observar su respiración, para sorprenderla cogiendo aire, para maravillarme de cuanto tiempo podía sostenerse una nota a todo volumen con sólo un par de pulmones para suministrar el aire.
No obstante, aquello tenía que terminar y terminó. Incluso los aplausos se acallaron. Solo entonces me di cuenta de que Mortenson había permanecido sentado junto a mí, con los ojos brillantes y absorto todo su ser en el canto. Solo entonces empece a comprender lo que había sucedido.
Al fin y al cabo, yo soy tan recto como una línea euclidiana y no hay ninguna tortuosidad en mí, y por éso no se podía esperar que me diera cuenta de lo que el perseguía. Por el contrario, tú, que eres tan retorcido que podrías subir una escalera de caracol sin dar ninguna vuelta, puedes comprender al instante cual era su propósito.
Ella había cantado perfectamente..., pero no volvería a hacerlo nunca más.
Era como si fuese ciega de nacimiento y durante tan solo tres horas le fuera permitido ver, ver todos los colores, formas y maravillas que nos rodean, y a la que no prestamos atención por lo acostumbrados que estamos a ello. !Supón que pudieras verlo todo en la plenitud de su esplendor..., y luego volvieras a ser ciego!
Podrías soportar tu ceguera si no conocieses nada mas. Pero ¿conocer alguna otra cosa por breve tiempo y luego volver a la ceguera? nadie podría resistirlo.
Esa mujer no ha vuelto a cantar jamas, naturalmente. No obstante, éso únicamente es parte del asunto. La verdadera tragedia fue para nosotros, para los que componíamos el auditorio.
Durante tres horas tuvimos música perfecta, perfecta. ¿Crees que podríamos soportar el escuchar algo que no fuese éso?
Desde entonces he sido absolutamente incapaz de apreciar la música. Recientemente fui a uno de esos festivales de rock que tan populares son hoy día, solo para ponerme a prueba. No lo creerás, pero no pude distinguir una melodía. Para mí, todo era ruido.
Mi único consuelo es que Mortenson, que escucho con suma avidez y con extraordinaria concentración, ha sufrido efectos más graves que ninguno de los demás asistentes. Permanentemente lleva tapones en los oídos. No puede soportar ningún sonido mas fuerte que un susurro.
¡Le está bien empleado!
Isaac Asimov
http://www.geocities.com/Area51/Station/5375/canto.html